viernes, 7 de diciembre de 2012

La Iglesia

Visitaba todos los días la iglesia, como si ésta fuera una caja de deseos inagotables, y confundía testarudez con fé.
Pedía de todo; el costoso par de zapatos forrados en seda verde que Dios sabía cuanto le gustaba y que la haría tan feliz, que esa enemiga que tanto odiaba y que la envidiaba debía merecer un castigo severo, porque la envidia es un pecado, y debía sufrir y llorarlo con un castigo de humildad (algo así como una severa alopecia frontal) y que la próxima vez que saliera atrapara la mirada de todos los especímenes masculinos de buen ver (los feos NO).
Salía haciéndose la señal de la cruz satisfecha de sí misma por ser tan buena persona, imponente, con la frente en alto, había impartido justicia y tenía de su lado al más poderoso, al rey de reyes que estaba a su favor pero que por estar muy ocupado ella le recordaba a quien y cómo impartirla.
Al salir nunca olvidaba echarle unas cuantas monedas a las velitas eléctricas de los santos y pasaba de largo ante las mujeres que vestidas de negro se sentaban en la puerta del recinto para mendigar.
Pasó el tiempo, y los días dejaron de ser una nueva oportunidad, a pesar de sus insistentes recordatorios al Todopoderoso, no sucedía nada. Cada día parecía una copia del anterior en una cotidianidad enloquecedora. Pensó entonces que tal vez no estaba haciendo suficiente para satisfacer a Dios y decidió hacer más. Entraba en la iglesia de rodillas y así se arrastraba hasta las imágenes de los santos, dejaba más dinero en las velas eléctricas y se mojaba la cara y los cabellos cuando la pila tenía agua bendita.
El dinero que cómodamente le había caído del cielo en la venta de un terreno heredado empezó a disminuir vertiginosamente, ya que para endulzar sus fracasos después de ir a la iglesia pasaba por los comercios gastando en ropa que algún día se pondría en la nueva vida que le estaba esperando cuando todos sus deseos se hicieran realidad.


El día que llevó todo lo que le quedaba en su elegante y pequeño bolso de terciopelo, se quedó rezando y llorando sentada en los austeros bancos de madera, preguntándose porqué Dios le había obligado a probar su fé de esta manera. Pero nadie se la quitaría, ella sabía que Él estaba con ella y que los caminos de Dios eran inescrutables, y tenía un plan perfecto para ella. Pero ese día no sucedió nada...le indicaron los sacerdotes que se tenía que ir cuando dieron el último oficio, y se fué arrastrando los pies hasta su casa. Esa noche se acostó sin haber comido en todo el día, ya no tenía nada...absolutamente nada...

A la mañana siguiente, se puso sus ropas mas lujosas y volvió a la iglesia. Al final de la tarde tenía la boca seca, le temblaban las piernas y a la salida se cayó. Unos brazos la sujetaron y le ayudaron a apoyarse contra la pared. Eran las manos de una de las mujeres vestidas de negro. Sintió repulsión hacia ellas, pero no tuvo fuerzas para zafarse. Sin embargo, cuando le acercaron un tazón humeante hecho de cubos de caldo de pollo se lo bebió sin asco y en silencio devolvió el envase que era la tapa de un termo donde estaba el resto. Y así esa noche durmió en las puertas de la iglesia sola, cuando todos se fueron a dondequiera que vivieran.

Fué vendiendo las joyas que llevaba puestas y cambió sus lujosas ropas por otras mas humildes, iba comiendo con estas ganancias y solía compartir en un inquebrantable silencio con las demas indigentes, hasta que no tuvo nada mas que vender y torpemente extendió la mano esperando recibir alguna moneda. Nadie le dió nada, pero no por eso su estómago quedó vacío, una vez más fué auxiliada por sus recién estrenadas compañeras.

El día que recibió una moneda la apretó contra su pecho y lloró, nunca supo el valor que podía tener...tan redonda, tan brillante...sonrió por primera vez con el corazón y empezó a llorar lágrimas de sangre.



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